

Ya se cansó mi esqueleto de andar por el desierto,
de caminar el mundo con estos zapatos.
Y entre tanto, lloras como lloran las flores…
5. Déjà vu.
“Perdona ¿Tienes fuego?” Fueron las primeras palabras que pronunció la chica que chocó conmigo en el corredor.
Era una tarde de primavera, cerca de las 3 pasado meridiano. Lo único que alcanzó a pasar por mi mente fue que no entendí la pregunta.
- Disculpa en verdad - Dijo, en ésta ocasión con más fuerza en la voz.
-Eh, no tengo fuego- balbuceé, saliendo lentamente de mi pensamiento, para darme cuenta que la chica tenía la libreta que yo cargaba hacía unos instantes.
Cogí la libreta mientras veía a la joven voltear en todas direcciones en busca de algo. Al no encontrarlo, drigió a mí la mirada. Sacudió su cabello con una mano, apretó un poco el cigarrillo que cargaba en la otra y me sonrió. O esbozó, mejor dicho, lo que a mí me pareció una sonrisa.
- Bueno, si no tienes fuego, disculpa mi torpeza- dijo, dio media vuelta, y se fue con la misma intención supongo, de encontrar fuego.
- No hay problema… - susurré más bien para mí, y me quedé ahí parado, con la libreta, no entendiendo nada.
Cuando recobré la conciencia, retomé mi camino a la oficina del subdirector. En el trayecto comprendí que el fuego era para encender el cigarrillo, y que eso era raro, la chica no tendría más de 17 años.
Uno de mis profesores había tenido un accidente automovilístico la semana anterior, y me pidió que fuera yo quien lo apoyara dando clases a las “descarriadas bestias”, en sus propias palabras.
- Muy buenas tardes, señorita. Me llamo Pedro Carrasco y vengo a suplir al profesor Almaráz por su convalecencia. ¿Me permite hablar con el subdirector?- dije a una secretaria cuya facha era más de custodio de prisión.
-Está ocupado - vociferó, lanzando su saliva a la manga de mi camisa, y me entregó unas hojas llenas de horarios y fechas. Intentando disimular mi expresión de asco, me despedí cordialmente.
Al salir de la oficina recordé a Eunice, una amiga de la infancia que cursaba su último semestre en ese mismo colegio. Tal vez no sería tan complicado llevar todo eso, pensé.
Y qué equivocado estaba.
Estuve vagando por el campus, deseando que la secretaria hubiese sido más amable, para así regresar a preguntarle por un mapa del lugar, o algo similar. Sin embargo, siendo yo un tímido, decidí que lo mejor era investigar por mi cuenta.
Al final del día, exhausto y sin haber hallado a Eunice, me dispuse a dar mi última clase. Intentaba, con las pocas fuerzas que me quedaban, aparentar ser maduro, coherente y sobre todo, que estaba yo mismo entendiendo lo que decía.
En esas estaba cuando se escuchó el golpe de una puerta contra la pared del aula. Ahí estaba la chica del corredor, la que buscaba fuego, toda empapada de lluvia, y aún cargando el cigarrillo en la misma mano.
Tuve una sensación que jamás había experimentado, aunque sabía de ella, algo a lo que los franceses llamaban “déjà vu”, y que se refiere a la idea de que estás viviendo denuevo la misma escena.
Fue raro, más no me perturbó. Y es que no supe en ese momento, que ese era el principio del fin de mi vida como la conocía hasta entonces.
4.Giselle.
- Un jugo de pera, manzana y fresa. Por ahora.- Dice con una ligera sonrisa a la mesera, cuyo aire de distracción cambia repentinamente a uno de desconcierto.
- Oh, eso no está en la carta- contesta la mesera, en un tono más bien de pregunta.
- Sólo hay que combinarlos, en la cocina sabrán qué hacer - dice haciendo un guiño, y lanzando una sonrisa más efusiva, a la que nadie podría negarse.
La joven retira la carta y se dirige al mostrador. Durante su recorrido de diez pasos voltea en dos ocasiones hacia nuestra mesa, como extrañada.
Pidiendo que cumplan los caprichos más simples. Así es Giselle.
No es lo que muchos llamarían “bonita”. No tiene los más populares atributos, ni los rasgos más finos. No, y sin embargo, es hermosa.
Posee una belleza rara entre lo raro. Abrumadora, claramente adquirida a lo largo de sus casi veintiún años, e infinita.
Sí, infinita. El café más caliente se enfría, el humo más denso se esfuma con el viento. Pero la belleza de que es dueña Giselle está cada día más concentrada en su ser, en un conjunto que evoca a la perfección de la combinación de sus elementos.
Es raro, sí. Me atrevería a afirmar que no hay nadie que pueda negarlo, Giselle es muy bella.
No es demasiado alta, al menos no tanto como Mayré o Eunice, que son casi modelos de pasarela. (Y que no son modelos, porque les parece de lo más absurdo) Su cabello es del color de un chocolate semi amargo, lo lleva a la altura del pecho, siempre suelto. Sus ojos, del mismo color, son grandes, despiertos … y están llenos de una luz inexplicable.
Es muy delgada y sin embargo, no luce frágil. Por el contrario, lleva en la mirada y en la forma de andar la visible expresión de “lo puedo todo”.
El caso es que, aún si así fuera, son muy pocas cosas las que quiere, y aún menos las que en verdad desea.
Es enigmática, al verla da la sensación de que no hay forma alguna de conocerla del todo. Aún ahora pienso que jamás lo conseguiré y que no hay quien sea capaz de hacerlo. Pero hay un magnetismo en ella, que no permite a mi raciocinio dejar de descifrar lo claramente indescifrable.
Intento, mientras tanto, describirla. Hermosa, fuerte, y enigmática, todo inexplicablemente.
Así es Giselle. Como pocas, poseedora de una belleza extraña. Una joven que camina aparentemente sin rumbo. Y que un día, sin previo aviso, se atraviesa en tu camino, en esa linea recta y evasiva de la realidad. Se topa de frente contigo y, sin siquiera mirarte a los ojos, dice: “Perdona ¿Tienes fuego?”
3. Una lluvia torrencial.
Sin saber cómo, unas gotas de lluvia se hacen presentes y en segundos aumentan en número, tamaño y fuerza. Caen sobre nuestras cabezas como proyectiles lanzados por alguna clase de ejército invisible y volador.
Corremos a resguardarnos bajo un árbol frondoso. Hay a sus pies una pequeña banca, sólo para dos. Limpio con un pañuelo un par de gotas, y nos sentamos.
-Somos unos románticos- Dice Eunice sonriendome y regresando su vista al cielo.
Mientras esperamos a que lleguen más amigos a nuestra reunión, tomamos un montón de fotos con su cámara. Unas fotos muy al estilo de Robert Frank. Al estilo, y no al estigma.
Por fin, corriendo entre la lluvia, una más aprisa que la otra, llegan Mayré y Giselle.
- Aldo no va a llegar, alguna falda se habrá cruzado en su camino- Es lo que oímos de una agitada Mayré, que siempre tiene algo nuevo que contar.
Mayré es alta, de complexión media, tiene una larga y lacia cabellera pelirroja, y ojos azul grisáceo. Tiene también la sonrisa más extraña y contagiosa que haya visto en mi vida.
Caminamos a prisa para entrar a un pequeño local con seis mesitas para café, un mostrador más o menos amplio lleno de panecillos de todo tipo, y una cocina detrás del mismo.
Es uno de los lugares más cálidos que he frecuentado. Entre semana no hay ni un alma,pero los sábados hay una enorme fila esperando mesa, y otra aguardando para comprar pan y llevarlo a casa.
Qué suerte, es jueves y encontramos una mesa disponible cercana al mostrador. Si me preguntan, las mesas para café son una maravilla. Estando tan cerca podemos vernos bien las caras, gozar de nuestras expresiones al hablar, es uno de los pequeños placeres que compartimos los cuatro.
Esperando a que nos atiendan, comenzamos una charla sobre amor, desamor, proyectos, la vida.
Mayré está estudiando fotografía, siempre habla de ésta manía “Eunice, Pedro” que consiste en tomar los estándares de la estética en nuestras manos y arrugarlos cual si fueran hojas de papel para tirarlos a la basura. Aunque lo critica, sabemos que le encanta. Ríe, mientras ve nuestras más recientes fotos bajo el árbol de la plaza.
Es amiga de Eunice hace ya cinco años, de Giselle y mía hace tres. Y de la metodología desde que nació. Habla de su más reciente relación amorosa como si se tratara de una partida de ajedrez.
- Le dijo a su madre que lo nuestro ya es algo formal. Abrí los ojos como plato sin que diera cuenta de ello y sonreí satisfactoria y diplomáticamente. Ya que lo conozcan les agradará bastante- Afirma, como no sabiendo que seguro jamás conoceríamos al sujeto en cuestión.
A veces me cuesta entender de lo que está hablando, pero trato de poner atención. Es que me intriga, su amor a la metodología da la apariencia de que la vida le es más sencilla que a cualquiera de nosotros, pero algo en mi interior me dice que sólo se la complica más.
Creo que del amor no sé nada. No encuentro la diferencia entre estar enamorado y comer patatas fritas, así que esto de oír a Mayré y sus métodos me va bien mientras tanto.
Al fin llega una mesera, muy guapa y con aire de distracción, a ofrecernos una carta que aceptamos gustosos. Somos unos aficionados a ver el menú aunque sepamos muy bien lo que pediremos. Té chai latte y un pan dulce de la casa para Eunice y Mayré. Un chocolate muy espeso y una tarta o galletas para mí.
Giselle, bueno… Giselle es cosa aparte.
Preámbulo: Algunas veces ha rondado por mi mente el mismo pensamiento respecto a cómo aman las personas. Hablo del amor en general.
El que sienten los mejores amigos, el de una madre por su hijo y viceversa, el de pareja, el “no correspondido”. Este último hace bastante referencia a lo que voy.
Creo, que por muy mutuo que sea el amor, siempre habrá diferencias de persona a persona. Por un lado está, sin duda, el que alguien ame más o menos que la persona a la que se ama. Y por el otro, el que más me aqueja, está mi idea de que nadie ama de la misma manera.
De que el “tipo” y cantidad de amor que siente una persona por otra pueden ser los mismos. Y que aún así, por ese amor, no llorarían las mismas lágrimas.
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Haciendo catársis y viajando a un pasado medianamente próximo, me encontre graciosamente sentada pensando en el amor.
Sí, sentí cómo las cicatrices que el amor ha dejado en mí, salían a la luz diciéndome “Aquí estamos, no nos hemos ido y es probable que no lo hagamos nunca.”
Ya sé, suena muy trágico, pero no lo es.Si el pasado no existiese, no seríamos quienes somos. Punto.
Muchas veces me he ahogado inútilmente en un vaso de agua. No, en un vaso de lágrimas alguna vez derramadas por mis ojos. Voy a contradecirme un poco, pero vivir del pasado está mal, muy mal.
Recordé hoy, hace no más de veinte minutos, que cuando era pequeña y lloraba por casi todo cuánto ocurría, (llámese la muerte de mi hamster, un berrinche o un golpe), mi abuela me decía que todos tenemos un tarrito de lágrimas y que si llorábamos demasiado un día ese tarro quedaría vacío.
Ahora, cada vez que quiero ponerme a llorar, respiro muy hondo y cierro los ojos para contener las lágrimas. ¿Será fuerza, madurez, ó el tarro de verdad de agota?
(No me vengan a decir cosas sobre lagrimales, hablo de algo no tangible.)
No sé, mi duda existencial es si cuando el tarro se agota, también se van las ganas de llorar. O si, en el peor de los casos, nos quedamos con las emociones y ya nunca podremos liberarlas a través de agua salada.
Bueno, el punto sobre el amor, las formas de amar, el tarro y todo esto, es… que no creo que todos tengamos las mismas lágrimas.
Han sido días de lluvia. Normalmente uno pensaría que estamos en Mayo, que nos hemos patrocinado el calentamiento global y por ende, este clima maldito.
Pero no, yo había estado tratando de averiguar lo que significaba la lluvia, esta melancolía extraña que me traía. No comprendí qué pasaba hasta la noche de ayer en que, interrumpiendo un sueño, desperté con el corazón agitado diciendo : Es su cumpleaños.
Sí, es tu cumpleaños. Es raro que recuerde un cumpleaños de esta manera. Es triste, no puedo felicitarte. No puedo llamarte y decirte “Estás un año más vieja” y enviarte abrazos. No, nisiquiera puedo olvidarlo, recordar días más tarde, darme de topes y enviarte un mensaje disculpandome. No puedo hacer ya nada de eso.
Por la mañana miré al cielo diciéndome a mí misma, que estuvieras donde fuera, estarías bien. Que de alguna manera estás aquí, porque te estoy pensando, y porque te querré para siempre.
En fin, te cuento que han sido días lluviosos. Que siento una extraña melancolía viendo las gotas bajar rápida y ligeramente hasta el piso. Que no sé si esta melancolía es por ti.
Pero aún sin saber te escribo. Te escribo, porque es de alguna forma expresar que te quiero, que te extraño, que te pienso.
Te escribo, porque creo que de esta manera me escuchas, o me lees o algo parecido.
Por eso, Jessidith.
2. Existe.
Me llamo Pedro. Tengo 23 años y medio. Soy estudiante de economía. Un escéptico,condenado cruelmente a un destino que nadie por voluntad elegiría.
Desde que era pequeño, tal vez no tanto, supe muy bien lo que quería de la vida. Ir en una línea recta en la que sólo existiesen los pequeños y cotidianos tropiezos que todos hemos de sufrir y que, por mi carácter de observador (que no es carácter, es más bien falta de él) ya había calculado.
Mi padre “abandonó” a mi madre cuando yo tenía unos diez años, se fué en busca de un sueño irrealizable en las condiciones en que vivía. En otro lugar, país, continente en el que las exigencias de una sociedad no intervinieran. Era escritor, y estaba siempre creando mundos.
Yo lo comprendo, las historias sobre mundos inexistentes deben verse reducidas cuando tu propio mundo se ve limitado a buscar empleos que no te gustan, una esposa que te cree bastante mediocre, una rutina y cuatro paredes, siempre las mismas paredes. Durante los primeros meses enviaba cartas, al menos una por semana, pero al pasar el tiempo disminuyeron en contenido y número hasta nulificarse. Años más tarde nos enteramos de su muerte, a parecer nunca publicó nada muy importante.
Mamá se hundió en depresión en cuanto se vió durmiendo sola, un tipo de depresión absorbente de cocos. Se perdió, entre trabajo y labores domésticas.
Por mi parte, junto con mi hermana menor, me centré en estudiar y realizar alguna actividad cultural por las tardes. Para suerte de mi hermana, al cumplir dieciseís le ofrecieron una beca para estudiar teatro en el extranjero, no dudó por más de tres segundos y aceptó. Debe ser una bendición tener el don de vivir un par de vidas extras, para no enfrascarte en la propia y perderte sin remedio.
Siempre fuí un retraído, por eso no estudié teatro. Elegí estudiar economía porque una amiga mía me dijo alguna vez, que esa era la carrera en que menos tendría que tratar humanamente con personas. No mintió del todo, y me alegra.
Y es que, en mi línea recta, uno no puede permitirse ser notable en los caminos que otras personas recorren, peligrosamente cerca del mío.
Existe, aún en mi cabeza, la firme idea de que eso habría sido lo mejor. Pero no, la línea que dibujé en mi infancia ya no existe, y es de ésto mismo lo que trata la perorata de mi vida, del azul celeste, la lluvia y todo lo demás.
1. Detrás de las nubes.
- Es una hermosa tarde, como de un azul celeste- Declara para mí una chica rubia, para quien los colores y las formas son clave importante del dinamismo, al menos, el de su propia existencia.
Eunice es una reina bajada del trono a catorrazos, pero por voluntad. El tipo de personas que dicen “maravilloso” por no decir “excelso”. Y para acentuar aún más el disgusto que le ocasiona la palabra “excelso”, llama “hermosa” a la tarde.
Miro lo que señala con su propia mirada, y no es tan azul como dice.
- Creo que las nubes le dan una profunda realidad, me gusta- le digo en tono de quien espera una respuesta que no quiere escuchar. Y ésta no se hace esperar mucho.
- Las nubes grises no son más que la prueba de que no hay perfección en el mundo. Vuelven al cielo real, y no hermoso.- En definitiva, la respuesta que suelo esperar.
Tenemos ésta clase de conversaciónes, con tinte de discusión, casi cada vez que pasamos el tiempo juntos. Ella es una crítica sin remedio y yo, un observador empedernido. Tan el uno para el otro como el agua y el chocolate. Sí, que no es tan dulce como si lo preparas con leche, ideal.
Habíamos pasado poco más de media tarde paseando por una plaza. Contando las buenas y malas nuevas, como hacemos al menos una vez por mes desde hace dos años.
Eunice es mi mejor amiga, una agradable y talentosa conocedora de la vida. Es estudiante y jamás entra a sus clases, le gusta entrar de incógnito a las de otras licenciaturas. Cambia de trabajo una vez por lo menos cada dos o tres meses. Heredera de una mini fortuna que nunca ha querido. (Su padre es dueño de una muebleria importante, y su madre algo como una socialité de clase media-alta, raro.)
Esta niña, alta y con gracia, de ojos color miel y cabello ondulado, está siempre en busca de todo cuando, al menos aparentemente, nada le falta. Lo que más me gusta de mi mejor amiga, es que se las da de simplona, cuando odia que las personas lo sean. Habla sencillamente, cuando se muere por gritar palabrejas raras y mirar la cara que haces por no entender de qué coño habla.
-Las nubes también son señal de que lloverá en cualquier momento- dice, mientras saca una chaqueta en color azul petróleo de su enorme bolso marrón, y empieza a colocarla suavemente sobre sus hombros.
Me gusta leer ensayos.
Hace tiempo ya que no me divertía tanto viendo un programa de televisión. Por la mañana llamó mi atención oír a una mujer diciendo algo respecto a si había varios tipos de orgasmos no-sexuales. Alguien dentro de la caja dijo, sin interrumpirla, algo que la dejó más o menos sin palabras.
Me senté. Llevaba mucha prisa, tenía un cereal al cuál remojar en leche, una disputa entre bañarme o no con agua helada, y una hora muy cercana a la cual salir corriendo de casa. Pero me senté frente al televisor.
Fue mágico. Sin darme cuenta me perdí en la transmisión. Ya no estaba plenamente atenta a cuánto decían sobre el orgasmo. No, más bien no podía dejar de mirar sus gestos, la emoción con que defendía cada uno su punto de vista.
Me gusta escuchar debates, discusiones…civilizadas, o no tanto. Me entretiene, me divierte, podría decir que es una pasión extraña.
Sí, creo que me encanta aunque no sea fanática de discutir. En realidad, nunca he sido muy buena defendiendo mis puntos de vista. (Que alguien me explique en qué estaba pensando cuando quería ser abogada. Mátenme.)
Me gustan los buenos ensayos, esos que dejan dudando al más necio entre los necios. De hecho, hasta me gusta escribir ensayos (tampoco soy buena, mátenme por segunda vez).
Pero no vine a hablar de mis no-facultades de foca. Mi confesión era que estoy enamorada de la argumentación. (Mátenme si quieren por tercera vez.)
- Qué ególatra!
Para algunos, quizá para todos, la muerte llega en repetidas ocasiones. Morimos, aveces sin darnos cuenta de ello. Hasta que es demasiado tarde.
Hay quienes se dejan atrapar por la muerte, que se presenta seductora ante ellos. Y tras el umbral, conocen el “renacer” como una luz al final de un camino, que por el arte de la seducción, ni voltean para añorarle.
Hay también quienes al morir sin darse cuenta, llegan a un mundo de tinieblas y sollozos. Un mundo que aunque en vidas pasadas visitaron, se muestra desconocido y aterrador. Pero ya no hay vuelta atrás.
Hablamos de la muerte como un suceso único e irrepetible en el que la vida, como la conocemos hasta ahora, desaparece sin más. Pero es verdad, se los juro, que la muerte llega en repetidas ocasiones.
Y ante nuestros ojos, muchas veces sin dar aviso, se lleva consigo cuanto creímos ser.
Y volvemos a empezar.
———-
- Pero, qué ególatra!
Existe un tipo de desesperación que se parece mucho a la tristeza, sólo que nunca sabes con certeza si ésta tiene un fondo que tocar.
Buscar a alguien que no conoces es complicado, yo estoy buscando a alguien de quien me han hablado, ya no recuerdo quién me ha dicho todas estas cosas:
Dicen que es un volcán, que nunca ha dejado ir su lava ardiente contra los poblados cercanos, porque no aprendió a hacerlo.
Dicen, que es una flor que se ha ido marchitando sin siquiera dejar ver su centro al Sol.
Dicen que es un hechizo jamás pronunciado, tal vez porque fue escrito en una lengua extraña, de eso nadie me ha hablado.
Dicen que es un gato, un gato negro que dejó muchas veces lo sujetaran del cuello y lo dejaran inmóvil, alerta…pero indefenso.
Dicen que es una estrella, pequeña. Que no brilla en el cielo o se pierde en el mar.
Y esto no lo dicen, pero está a punto de morir.
Sólo quisiera que antes de eso, pudiéramos conocernos.
No. Que pudiéramos reencontrarnos. Y que, ésta vez al tenerle frente a mí, pueda darme cuenta.
Una pregunta simple durante un debate más o menos mediático.
Un ejercicio mental - emocional. Una catarsis, o algo parecido.
La manzana, mirando el árbol que aún la sostiene:
¿Y si en verdad las personas dejaran huellas imborrables?
Ciertamente hay huellas invisibles e imborrables, pero ¿si
acaso fueran visibles? ¿Si cada beso fuera un sello que
marcado para siempre se quedara en la piel?
Qué riesgo es enamorarse, de por sí. Las imágenes esconden historias.
Yo tendría tres tatuajes.
Habría una rosa marchita en la tierra estéril, arrinconada
en la esquina inferior izquierda de mi vientre.
La vería acorralada, sabiendo que no supe arrancarla, que me espiné
en el intento, yque murió en el mismo sitio en que la encontré.
Habría una estrella fugaz, grabada en mi pecho. El recuerdo de que
la ví pasar y no supe aferrarme a ella… De que, más bien,
no había manera, de que eso son esos astros, fugaces.
Estaría ahí, tan libre de irse. Pero grabada, como prueba de
que prevalece, aún siendo una estrella fugaz. Y que entonces,
tal vez, no todas las estrellas fugaces son iguales.
Y habría una libélula, encarnada en mi espalda baja.
Otorgandome unas alas, sin quitarme el derecho a tener unas propias.
Estaría volando tras de mí, teniendo la facilidad de volar lejos
hasta mostrarse distante.
Y no podría verla sin mirar un espejo, sin verme a mí misma.
Porque es verdad que ya nos habríamos dibujado la una en la otra.
O, algo así. Y no soy Joan Sebastian.